El sentido de las cosas
La palabra sentido representa la capacidad que tenemos de percibir algo con un órgano de nuestro cuerpo. También se ocupa cuando de hablar con sentido se trata. Los matemáticos definen el sentido de las fuerzas que mueven el universo de forma precisa, y la geometría traza el sentido de las direcciones. Al observar una pareja de novios comprendemos el sentido de la relación humana (el amor). Al observar la belleza de un ave o de un paisaje descubrimos el sentido de la luz (el color). El sentido también significa la razón o esencia, lo más sublime de las cosas.
En la vida de cada uno todo tiene sentido… o nada lo tiene. Somos felices hasta que nuestra vida cobra sentido; cuando hay un propósito para vivirla. Nos levantamos después de un sueño reparador con la energía para alcanzar las metas que dan sentido a nuestro esfuerzo. Al cambiar el sentido en que transitan los automóviles en una avenida, se trastorna la ruta diaria hacia nuestro destino; y tenemos que tomar otras avenidas y calles. De la misma manera el acontecer de eventos importantes nos cambia la vida. De los más trágicos, la muerte del ser más querido dicen que es el peor; le sigue la pérdida de la razón… o la pérdida del sentido.
¿Cómo cambiaría nuestra vida si de pronto cambiara (el sentido) la razón por la que trabajamos; la cual muchas veces es el sustento diario? Pensemos por un instante cómo sería nuestra vida si ya no necesitáramos ganarnos ese sustento con el sudor y el esfuerzo mental que hacemos para ser eficientes –mucha gente cree que el placer de la riqueza es todo. Nos cambiaría un sentido de la vida, ¿o cambiará el sentido de todo?
Si encontramos el sentido que cada persona le da a las cosas, a los sucesos, a las actitudes, a las intenciones; encontraremos el camino a sus sentimientos. ¿Quién no quisiera influenciar los sentimientos de otros para su beneficio? O al menos lograr evitar los problemas que surgen en las relaciones interpersonales.
Esa es una disciplina fuera del alcance de la mayoría. Puesto que los juicios o análisis que hacemos del comportamiento humano no son imparciales. Están contaminados con nuestra peculiar manera de interpretar los sucesos; con los esfuerzos para esconder nuestros defectos y sentirnos libres de ellos, y superiores al prójimo. ¡La intención debe ser pura para que las acciones sean las correctas! Es prioritario purificar nuestra intención. Solo así el estudio del comportamiento humano y su provecho serán los que buscamos.
El estudio que iniciamos del sentido de las cosas nos ha llevado a escudriñar el sentido de nuestra propia vida. Conocemos el exterior con la ayuda de los sentidos. Para conocer el interior necesitamos desarrollar un sentido diferente: la introspección. La tarea se vuelve difícil porque tenemos que ser juez y parte. Es probable que nos horroricemos al desentrañar nuestras intenciones más siniestras; al enfrentarnos a la bestialidad que podemos en determinado momento personificar. Nos impulsa la esperanza de encontrar sentimientos nobles inherentes al ser humano; pero nos atemoriza tener que aceptar la baja condición espiritual en que estamos estancados. Finalmente hemos puesto el dedo en la llaga. Si no estamos conformes con la actuación del prójimo; mucho menos lo deberíamos estar con la propia. ¡Si queremos encontrar el sentido de las cosas; con más razón debemos buscar el sentido de nuestra existencia!.. ¿Tendrá sentido?
¿Si no lo tiene, qué nos impide dárselo? …nosotros. Vivimos con el peor enemigo, alguien que nos conoce demasiado bien. Sabe encontrar los atajos a objetivos nefastos. Muchas veces es quien le da el mal sentido a las cosas, crea interpretaciones equivocadas que se vuelven dogmas escritos en piedra. Nos inclina al precipicio de la degradación y de la inferioridad en la escala de las especies, si lo dejamos. Pero no es invencible y se le puede “dar un nuevo formato”. Es susceptible al aprendizaje. Fue creado noble; tiene el germen de la sabiduría, de la inteligencia y de la espiritualidad. Su gestión es dual. Puede construir o destruir. Puede ser un ángel o un demonio. Puede alcanzar el dominio de la naturaleza y el universo, o ser esclavo de ella. Puede ser inspirado, o cerrarse a todo razonamiento con sentido. Se puede inclinar al bien o al mal. Puede seguir el sentido de la vida como las agujas del reloj, o ir en contra del mismo y llegar a la parálisis y la muerte.
En verdad, su existencia da sentido a todas las cosas del universo. Su presencia y progreso es la meta de la creación. ¿No les parece que vivimos también con el mejor amigo en nuestro interior? Al descubrirlo hemos encontrado un reflejo de su Creador.
Dr. Milton David Quintana León, 24 de noviembre de 2007.
